Siempre
hay una sonrisa en su rostro. Ya sea que recuerde el gran comedor
en el que su abuelo reunía a toda la familia los domingos,
aspire el delicioso olor de unos chiles toreados o pose para una
fotografía.
Su
figura delgada, atlética, rompe con algunos esquemas del
chef regordete o la cocinera entrada en carnes; no, a ella le
sentaron bien los años de practicar equitación en
su adolescencia, y la yoga, que la mantiene en equilibrio actualmente.
Mónica Patiño sabe conducirse entre la gente, conoce
los lenguajes de todos aquellos con los que debe involucrarse,
desde el ayudante de cocina hasta el empresario o político
al que complacerá con un platillo original.
Ella
eligió la gastronomía como profesión por
una razón sencilla: le gusta mucho comer. Desde niña,
recuerda entrando en las cocinas de sus abuelas para ayudar en
la preparación de los grandes banquetes familiares.
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De ascendencia
italiana, pero de fuertes raíces mexicanas, cuenta cómo
en las reuniones familiares se servían lo mismo pastas
que tamales.
“Lo
que más me gustaba eran las nieves de garrafa, además
que comíamos muchas futras y postres”. En aquel entonces,
a los niños se les destinaba un sitio en la terraza, separados
de los adultos.
Hoy, la chef
opina que este estilo ha cambiado mucho, pues las nuevas generaciones
comparten la mesa con sus padres y sus abuelos, tanto en las casas
como en los restaurantes a los que acuden juntos. Además,
siente que los jóvenes se involucran cada vez más
a temprana edad en asuntos gastronómicos, tanto de manera
formal como informal. “Hoy hay más escuelas de gastronomía
en México como carrera profesional”, asegura.
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